LOS HOMBRES POR LA IGUALDAD EN LA ENCRUCIJADA

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José Ángel Lozoya Gómez

Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad

 

    Creo que, si el género es la matriz de las desigualdades entre hombres y mujeres, la deconstrucción de la masculinidad tradicional no nos debería llevar a una “nueva masculinidad”, sino a su desaparición. Y si el género es una jerarquía que busca naturalizar las relaciones de poder, no tiene sentido reivindicar la igualdad de género. A no ser que se apueste, claro está, aunque sea crítica-mente, por el proceso de igualdad entre los géneros tal como parece que se está produciendo hoy día: igualdad en torno al modelo masculino, para consolidar ese modelo como referente universal para la socialización de niños y niñas.

 

    También creo que si no tratamos de vivir como pensamos que debemos hacerlo, acabaremos teorizando sobre la conveniencia de lo que vivimos. Por eso, cuando oigo que se quieren promover “nuevas masculinidades” (aunque se las llame igualitarias, disidentes, positivas, corresponsables, paritarias, cuidadoras, diversas…), me parece que no se quiere acabar con el género, sino solo con sus aspectos más nocivos. Me cuesta pensar que se trate de fórmulas de transición hacia la desmasculinización de la sociedad y la desaparición del género, por lo que puedo entender que algunos nos definan como un movimiento “masculinista”. Y entonces se me disparan todas las alarmas.

 

    A principios de los ochenta, cuando algunos hombres profeministas empezábamos a hablar en público, hubo mujeres que nos preguntaban si éramos una alternativa al machismo o un ejemplo más de la sorprendente capacidad del Patriarcado para mudar la piel y seguir creciendo: los mismos perros con distintos collares. Respondíamos que, al menos subjetivamente, nos veíamos como una alternativa real, y que los hombres que se nos acercaban se alejaban del machismo. Hoy sigo pensando lo mismo, pero sé que algunos que ahora son enemigos declarados de la igualdad pasaron un tiempo por los grupos de hombres.

 

    Por eso sé que no se trata de subjetividades, sino de la medida en que nuestro quehacer contribuya a la igualdad. Se trata de evaluar qué cambios promovemos en las relaciones de poder entre los sexos y los géneros, y en qué medida ayudamos a acabar con las desigualdades que padecen las mujeres (y las mal llamadas minorías sexuales o de género), conscientes de que la igualdad no suma cero y de que los hombres tenemos que perder privilegios para que las mujeres alcancen la mitad de todo.

 

    La igualdad (de derechos, oportunidades y responsabilidades) no puede depender de lo que obtengamos a cambio; por el contrario, es un objetivo que tiene que ver con la ética y la justicia distributiva. Quienes hacemos camino al andar sabemos, por ejemplo, que las relaciones consensuadas no son menos conflictivas que las jerárquicas, y conocemos a compañeros de viaje que ceden a la tentación de resolver algunos conflictos que les surgen en la convivencia usando los privilegios que aún conservan. También vemos que, por proximidad, nos cuesta más ser críticos con ellos que con los hombres que no conocemos.

 

    Pero faltaríamos a la verdad si, a pesar de estas resistencias, ocultáramos al resto de los hombres nuestra convicción de que la igualdad es una condición necesaria para la libertad de las mujeres, y también de la nuestra; si no argumentáramos que la pérdida de privilegios nos descarga de algunas responsabilidades al tiempo que nos ofrece posibilidades, antaño insospechadas, de ser más libres y felices.

 

    No tener que llevar los pantalones nos obliga a aprender y asumir nuestra parte de lo doméstico e implica perder tiempo libre, visibilidad pública, autoridad en el hogar y disponibilidad para el trabajo remunerado. Pero la mayoría de quienes se implican a favor de la igualdad viven unas relaciones más corresponsables en la toma de decisiones, el mantenimiento económico del hogar, la sexualidad, la crianza o el cuidado de las personas dependientes… y perciben que el cambio que se produce en sus relaciones con las mujeres y con los otros hombres ha valido la pena, que han ganado más de lo que han perdido. Y se sienten más felices.

 

    Más difícil lo tienen los que, además de corresponsabilizarse en el ámbito personal, ven la importancia de promover el cambio de la mayoría de los hombres a través de las políticas públicas de igualdad (en un momento en el que estas iniciativas parece que van a conocer un impulso significativo), porque el tiempo y el esfuerzo que dedican a este fin les expone a ser acusados de buscar reconocimiento, prestigio profesional y dinero.

 

    A las dudas sobre si el movimiento de hombres por la igualdad busca deconstruir la masculinidad o solo combatir sus aspectos más nocivos, se añade el hecho de que la decisión de impulsar estas políticas no la van a tomar hombres con poder político, que se dicen feministas porque apoyan las iniciativas que impulsan sus compañeras, sino que los recursos públicos para promover el cambio de los hombres los van a poner mujeres feministas con poder institucional. Mujeres que van llegando a este punto porque así se lo demandamos los hombres por la igualdad y también una parte importante del movimiento feminista, pero también por la necesidad de combatir el auge del discurso misógino de la extrema derecha, que ha declarado la guerra al feminismo. No lo van a tener fácil: impulsarán estas políticas entre las reticencias de no pocas feministas (que se resisten a invertir en el cambio de los hombres) y el acoso de la extrema derecha (que va a explotar cualquier agra-vio comparativo, real o imaginario, para presentarlo como una discriminación contra los hombres).

 

    Les deseo lo mejor, pero me preocupa que su liderazgo (que implica la capacidad de decidir qué temas priorizar y a quién encargar su desarrollo), unido a la necesidad de recursos que tienen los hombres por la igualdad para difundir sus mensajes, derive en un control de muchos activistas que reduzca los temas sobre los que intervienen y también su capacidad de impulsar otras iniciativas y de seguir desarrollando una voz propia. Una voz autónoma de los hombres por la igualdad que puede y debe hacer aportaciones relevantes al diseño, aplicación y evaluación de las políticas que vayan construyendo el futuro compartido al que aspiramos